Víctor Correa, Manaslú 2012. Expedición de Sabor Amargo

Screenshot_3Esa fue la última vez que se tuvo noticias de Víctor, a partir de aquel día vino una etapa de incertidumbre y esperanza, todos le esperábamos, le imaginamos brincando de lado a lado mientras nos contaba su historia de supervivencia, le soñamos de nuevo con nosotros… Pero no fue así, Víctor Correa, el hombre parido en las entrañas de las más bellas montañas colombianas, se fue.

Pero ahora, pensándolo bien, él no se fue, Víctor no perdió el juego, él si subió a la cumbre y tan despistado fue que no se dio cuenta y siguió por las nubes, porque a lo lejos vio al mejor amigo que tuvo. Escuchó los eufóricos ladridos que inmediatamente reconoció; ya no le importaba en qué lugar del mundo estaba, sólo corrió al encuentro y revolcándose entre pajonales de niebla se abrazó a su cuello y mordió sus largas orejas. Era Erwinü! el perro acompañante de sus tempranas travesuras por las montañas

nevadas de su natal Güicán; y el animal le demostró su radiante felicidad lamiéndole la cara; y saltando de nube en nube le mostró a su eterno amo el camino al reino celestial de las montañas.

Ahora podrían volver a perderse entre cimas, cascadas y bosques perennes, subirían lomas y altozanos de nuevo juntos en compañía, vivaquearían abrazados “en rosquita” para darse calor bajo cualquier roca del camino.

Y hoy reciben el amanecer mirándonos a nosotros, los de abajo, riéndose de las trivialidades de nuestras vidas, compadeciéndose de las oportunidades que perdemos por asuntos superfluos, pero también orgullosos de sus amigos que de ahora en adelante le buscaremos en las montañas con pensamientos que trascienden el tiempo y el espacio. Víctor y Erwin, sentados en la cumbre, uno con los pies al vacío y el otro con las orejas al viento, abrazados, de nuevo juntos, pero ahora, para siempre.

Queda claro entonces que en Colombia los hombres de las montañas son los boyacenses, cuerpos regios y curtidos por el frío protegidos sólo por un par de libras de lana tejida en ruana que cuelga de sus hombros.

Sólo ellos han sido capaces, aunque sin proponérselo, de dar su vida por y en la Montaña, con tanta entrega de autenticidad que dejaron para nuestro montañismo las únicas cicatrices indisolubles que nunca querremos borrar; porque esos nombres ligados a la misma montaña, ligados a la misma noble pasión, ligados al mismo amor por conquistarse a sí mismos en la abstracción de las altas tierras, se han convertido en capítulos enteros de nuestra nación, como próceres de independencia; de su propia independencia.

 

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