SUS COSAS POR UN RATO. Recordando a Hugo Rocha

Tengo la misma sensación que tenía cuando salíamos en un viaje de escalada y paseábamos buscando nuevos problemas en los imponentes bloques de roca vírgen incrustados en la montaña, ese sabor a incertidumbre y ansiedad en la boca seca, esa paradoja entre el apetito por conquistar movimientos perfectos, y el miedo, temple y dolor con los que lo saciabamos.

Hugo Rocha falleció a la media noche del 13 de junio, mientras descansaba tranquilamente en su casa, algo que para los que le conocíamos, puede parecer un poco absurdo debido a su agitada vida de aventuras, entre las que quisiera recordar sólo algunas que representan para mí, rasgos y matices de su personalidad, que hoy, aún sintiéndome desconcertado intento capturar con estás inútiles palabras.

Hugo Montó en burro, hizo péndulos salvajes con cuerdas viejas desde el puente del ferrocarril, se emborrachó hasta la inconciencia, sobrevivió la ruptura de una chapa Climb-X, y el inevitable, violento y furioso vuelo consecuente; caminó ensimismado sin trastabillar por traicioneras morrenas en la noche, fue padre y dominó las complejidades y vicisitudes que entraña el inservible oficio de la escalada.

Yo lo conocí, fui su amigo y puedo afirmar sin temor a equivocarme: Hugo fue un escalador. Era un tipo alto, de espalda recta y brazos largos, esto le favorecía en las rutas desplomadas de movimientos extensos, tenía buena técnica de pies y de lectura. Uno de sus grandes orgullos fue encadenar “Vicio-narios” vía de dificultad que él mismo descubrió y protegió.

Tiempo después tuve el honor de presenciar su increíble pegue encadenando el boulder “revoluciones”, ubicado justo al lado de los problemas “vacaciones en siberia” y “espectra”, en el farallón. Y ahora mientras escribo esto lo recuerdo, lo veo corriendo y tomando impulso para luego dar un gran salto, patear la pared con un movimiento tipo Jackie Chan e impulsarse y levitar en el aire durante un instante infinito; luego sus dedos finos y seguros agarrándose de una minúscula regleta con precisión mecánica y exacta, permitiendo a sus pies quedar libres en el aire trazando un delicado arco de perfección.

Esos mismos dedos eran su debilidad, en ellos sufrió muchas lesiones que cruelmente lo obligaron a interrumpir sus más grandes proyectos y le hicieron objeto de críticas muy duras en las que se le acusaba de ser incapaz de encadenar las rutas que abría, algo que verdaderamente lo afectaba.

En realidad Hugo era el tipo de escalador que vive toda la vida dándolo todo sin estar nunca satisfecho con lo obtenido, siempre observándose a través de un extraño lente de autodesprecio que lo motivaba, a la vez que lo alienaba. Escalaba como un rebelde cuestionándolo todo, con gestos tan sutiles como ascensos casuales a “haztelo panchito” en tenis Converse o botas machita, o mandando a hacer sus cuerdas en alguna fábrica del centro con hilo terlenka y los colores de la bandera rastafari; a veces me sorprendía tirándome piedras desde la estación para “estrenar” el casco y de paso ver si aguantaba.

Así mismo fue despiadado al empujarme a mis límites, llevándome a escalar “Meandros” y “Dedos” como mi primer ruta multilargo. Arriba en la cumbre de las rocas, Hugo con la cara de no ha pasado nada, yo super emocionado y con una dolorosa hernia producto de la inexperiencia, que descubriría media hora después de la adrenalina, y que él desestimó con un frío gesto de indiferencia. En otra ocasión que nunca olvidaré me dejó caer 10 metros en “Salsa y Control” para que “aprendiera a volar”, logrando traumatizárme por meses. Otras personas tendrán el placer de recordar con afecto anécdotas de terror con este señor y su peculiar forma de dar confianza.

Pero todo esto no quiere decir que no fuera respetuoso con la gente y con las cosas que él reconocía valiosas. Muchas veces me confesó su admiración por logros de personas con las que se llevaba muy mal, y consecuente con lo que predicaba, compartía conocimientos con los muchachos suescanos intentando acabar con la torpe tradición del egoísmo entre los escaladores.

Sus ideas y su vida están grabadas en la roca, ahí está su sangre, su sonrisa y sus lágrimas en rutas clásicas como Redhead y los Caraduras, Azul, Alegría, Chanfle, Trabajo Sucio, Paranoia, Frankenstein, La ley del monte, La revancha.

En la época en que escalamos juntos me enseñó muchas cosas y disfrutamos de la vida, compartimos momentos de mucha dificultad brindándonos mutuo apoyo y consuelo. Cuando necesité ayuda para emprender proyectos como las vías “tijeras” y “thriller”, él estuvo ahí prestándome el taladro, poniendo material, escalando, creyendo en mi. Abrir una ruta o trabajar un paso juntos en ocasiones nos llevó a grandes conflictos, ya que una de las principales enseñanzas del parcero fue llevar siempre la contraria, y solo ahora a través de la nostálgica bruma de los recuerdos veo lo mucho que nos entendimos.

La sorpresa de su repentina muerte es una sacudida fuerte, hoy le agradezco haberme incluido en su vida y sus cosas por un rato, y como consuelo pienso que aún nos quedan su familia, su hijo y algunas fotografías que poco a poco se irán volviendo viejas. C*

Sebastian Mejía

 

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