Colombianos en Potrero Chico

Al norte de México en el estado de Nuevo León y a unos 40 kilómetros de Monterrey en el pequeño poblado de Hidalgo, existe un lugar que se popularizó rápidamente tal vez por la facilidad de su acceso o por las casi 600 rutas que van desde deportivas cortas de un solo largo hasta paredes con rutas equipadas de 23 largos o por la calidad de la roca caliza que aparece en todas sus formas y colores proporcionando un parque de diversiones lleno de placas con regletas afiladas y desplomes con chorreras y tufas: El Potrero Chico.

La expedición se organizó de manera casual y terminamos reunidos en “el Potrero” a principios de noviembre de 2014 María Mónica Rodríguez, Carolina Tobón, Santiago Contreras, Federico García y quién escribe estas líneas. Por indicaciones de algunos amigos que ya habían escalado allí, llegamos directo a La Posada, un confortable lugar a 10 minutos de las primeras zonas de escalada. La entrada al “Potrero Chico”, (denominado de esta manera por su particular forma de valle circular rodeado de grandes cerros) esta custodiada por dos enormes bastiones de roca que se elevan cientos de metros. A mano derecha de este portón esta el gigantesco cerro San Miguel, una mole de casi 1000 metros de alto y en dirección al occidente las paredes de El toro que alcanzan los setecientos metros de elevación. A mano izquierda otro gran cerro con paredes en forma de cañón eleva sus cumbres a similar altura.

Los primeros tres días que estuvimos allí llovió prácticamente todo el tiempo pero el fanatismo prosperó y salimos a buscar desplomes que se mantuvieran secos a pesar de la lluvia, y así comenzábamos a aclimatar con rutas deportivas, a conocer la roca, a explorar sus formas y el estilo de escalada. Cuando salió el sol nos lanzamos por las rutas de varios largos y fuimos devorando metros de escalada: rutas de 10, 12, 15 largos, todas con chapas y reuniones debidamente equipadas para rapeles, todo un paraíso de la escalada en especial para aquellos que sólo se sienten “seguros” colgando de chapas.

Comenzamos a escalar casi todo en ensamble y a mejorar la eficiencia de esta técnica. Cuando nos sentimos cómodos con el estilo, Caro y yo escalamos “Time Wave Zero”, esta monster line de casi 800 metros tiene 23 largos entre 5.9 y 5.10 y en el largo 21, a dos largos de la cumbre un 5.12a bien puesto. La vista de la cum

bre es increíble. Escalamos la ruta en 4h30min, un buen tiempo. Al otro día María Mónica y Santiago, con algunas indicaciones y 15 cintas más la escalarían en tan sólo 3h40min.

Todos los días al levantarnos lo primero que veíamos frente a nuestra carpa era la imponente pared de “El Toro”, en la mitad de esta, una placa de caliza gris que despunta como una aguja de unos 600 metros, franca, como si brillara, un línea que invita a ser escalada. Allí está “El sendero luminoso”, 15 sostenidos largos de 5.12 a excepción de unos cuantos 5.10 y 511, una ruta muy exigente que fue escalada en el 2013, sin cuerda, por el norteamericano Alex Honnold en 3 horas más o menos, algo muy por encima de los límites del 99.9% de los mortales. Santiago y yo, más humildemente, la intentaríamos escalar con cuerda pero también sin caernos. En la primera aproximación a la ruta, probamos los cuatro primeros largos, bien largos, de hasta cuarenta metros y duros.

Escalamos relajados, presentando nuestras intenciones para con el cerro y saboreando el estilo de la ruta. Pura placa, bien vertical, regletas afiladas y minúsculas, pies en adherencias, pequeñas fisuras verticales, chapas alejadas y algunos runouts; este era el sabor de la ruta. Bajamos temprano desde la cuarta reunión y comenzamos a acumular energía positiva para el pegue definitivo.

Algunos días después ya casi al final de mi viaje (Caro y Federico ya habían regresado a Colombia; Santiago y María Mónica continuarían el tour), estábamos listos. Pronóstico del tiempo: frío 5°C en promedio, vientos helados pero sin lluvia. A las nueve de la mañana estábamos en el pie de ruta con las cintas en el arnés y bien amarrados. Se sentía el frío subir desde los pies de gato por entre las botas del pantalón hacia la columna. La parte clave de los cinco primeros largos estaba en el segundo pero el resto era bien sostenido y donde aflojaba a 5.11 las chapas se alejaban hasta 6 metros. Yo escalaría el primero y segundo largo, Santiago el tercero y yo el cuarto, tal cual lo hicimos el día que la probamos.

Hasta aquí la conocíamos, desde allí en adelante escalaríamos alternándonos el primero de cuerda. Arrancamos. Encadene el primero, comencé el segundo y me caí en el paso clave. Pequeña derrota, ligera frustración, Santiago me insiste en que repita el pegue y le voy. Encadeno y la motivación aumenta nuevamente. Santiago encadena el tercero sin problema y me toca el largo “suave” (5.11d runout) de la primera sección. Llegamos a la cuarta reunión, el final del camino conocido. Santiago calienta el onsight con el quinto largo y llegamos a la repisa del medio de la pared donde se suele dormir ya que normalmente esta ruta de unos 600 metros se escala en dos días.

A partir de acá el compromiso mutuo por no caer nos lleva a una batalla de una decena de largos más, a vista, duros, expuestos. El frío y el viento en las estaciones nos hacen temblar incontrolablemente e iniciar cada largo entumecidos, además dejamos la chaqueta de plumas en la base de la pared para ir mas ligeros, ¿error?. Es hora del almuerzo, una barra energética, un sanduche, algo de líquido, quince minutos en total de descanso y váyale. Uno a uno vamos encadenando, luchando cada paso para no caer. No sabemos en que largo vamos pero recordamos algo del topo que se quedó con la chaqueta de plumas: un largo bien duro cerca del final y luego dos fáciles… creemos. La tarde comienza a caer, el cansancio por la escalada y el frío hacen mella, la ansiedad de tener que hacer el largo duro sin luz y posiblemente caer por la oscuridad nos anticipa una cierta frustración.

En el reloj las 5:45 pm, quince minutos de luz, acabo de hacer un largo que estaba bien duro y me deja sin aliento. Es el turno de Santiago, asciende velozmente compitiendo con el descenso del sol. La ruta parece más amable definitivamente; le pierdo de vista y los ochenta metros de cuerda casi finalizan. La luz comienza a perderse y cuándo se acaba la cuerda arranco a escalar velozmente confiando en que Santiago quizás me este asegurando o que estemos escalando en ensamble. Casi a oscuras asciendo por una trepada fácil, seguro de que es el largo 5.7 de llegar a la cumbre. Una emoción inmensa nos invade en medio de la oscuridad, lágrimas de felicidad nos llenan la mirada y el corazón: lo logramos, estamos en la cumbre y encadenamos, casi todo a vista, cuándo pensábamos que caíamos apretamos con todo y finalmente “se nos iluminó el Sendero”.

Nueve horas de lucha contra la gravedad nos llevaron a la cumbre, casi tres horas de ra-peles nocturnos nos devolvieron a la tierra, extasiados por el esfuerzo comemos las barritas que nos quedan y vamos al encuentro con María Mónica que nos recibe con la tortilla de huevo y papa más deliciosa del mundo. Comemos y en medio de la cerveza de la victoria y el agotamiento de la paliza, le pregunto a la cordada ¿Y ahora que vamos a escalar?

Diego Cortés Guzmán

 

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