ELBSANDSTEIN Y EL ARTE DE EMPOTRAR NUDOS

Viajamos con mi cordada, Felix Hoermann desde Garmisch – Partenkirchen por la veloz autopista que cruza el este de
Alemania y llegamos a la ciudad de Dresden, mundialmente conocida por su exuberante arquitectura y elaboradas porcelanas.

Luego, bordeando el rio Elbe, llegamos con mucho calor a Bad Schandau uno de los pueblos que da entrada al Parque Nacional Sächsische Schweiz (literalmente suiza sajona) conocido en rumores lejanos para los escaladores como
“Elbsandstein”.

Lugar legendario por ser considerado junto a Gran Bretaña, la cuna de la escalada en roca, y por su ética estricta
que no permite el uso de protecciones metálicas. El reglamento también exige que todas las rutas sean únicamente
en las torres que superen los diez metros de altura, abriendo desde abajo y hasta la cumbre donde se encuentran curiosos libros de registro cuyas firmas, en las rutas menos visitadas, pueden datar de principios del siglo pasado y 4 o 5 generaciones atrás. Estas reglas dejan la posibilidad de escalar un 3% de la roca disponible, sin embargo existen más de
18.000 rutas!

Los stoppers y cams que consideramos esenciales para la escalada tradicional son prohibidos para poder conservar la frágil naturaleza de la suave  roca arenisca que compone las miles de torres que dominan un paisaje de bosques y llanuras. La protección más común en la escalada son cintas y cuerdas de nylon que se abrazan a protuberancias naturales, se lazan puentes de roca o se empotran nudos de cuerda en los estrechamientos de las grietas.

Hasta los muros más desplomados, lisos e inconcebibles albergan rutas que hacían volar mi imaginación tratando de explicarme cómo fueron realizadas, especialmente cuando me enteraba que el primer ascenso de alguna fue hecho antes que nacieran mis abuelos, por escaladores valientes, amarrados a la cintura con cuerdas de cáñamo y solo pan,
salchichas e incertidumbre en los bolsillos.

Es muy difícil juzgar la calidad de la roca a simple vista; la arenisca del Elba presenta características diversas e impresionantes como huecos, cachos, regletas y por supuesto grietas! Allí es común pararse en los hombros del compañero para alcanzar el comienzo de una vía, saltar espacios de 3 metros entre las cumbres de las torres o inclusive realizar peligrosos puentes humanos; todo con tal de alcanzar la cima.

En un sitio tan vasto y salvaje como este, es fácil perderse y malinterpretar la escueta guía de los años 70 que cargábamos, así que preferí dejarme llevar por el instinto y arranqué punteando la ruta “Sonnwendweg” en la formación
Kleinsteinwand que se me hizo accesesible. En la protección el truco es lograr escoger el nudo apropiado e introducirlo correctamente con una sola mano.

Finalmente después de una sorpresiva chimenea improtegible, coronamos la cumbre y firmamos el libro de registro
como es costumbre. Por la tarde y gracias a nuestros buenos amigos -Plum y Cordula- quienes nos lo presentaron,
conocimos a un verdadero maestro artista de la escalada en roca: Karsten Lohf, quien con 52 años de edad ya tiene más de 40 años de experiencia en la región y aún sigue imparable abriendo rutas, elaborando el libro guía oficial, haciendo parte del grupo de rescate y dedicado a conservar la tradición de este mítico destino.

Tuvimos la gran suerte de contar con la instrucción de él. Sentados en la tranquilidad de las cumbres nos contó historias
increíbles, sobre la cortina de hierro, sobre los primeros escaladores del parque y sobre sus primeros pegues. Una de estas historias hablaba sobre el Club La Chimenea Negra establecido en 1905, al que solo podían ser miembros
quienes lograran realizar un inconcebible ritual: escalar sin cuerda un offwidth de 35 mts, desescalar por otra cara de la
torre 12mts y luego saltar 3 mts a la cumbre de otra torre que tan solo tenía 2mts cuadrados de “pista de aterrizaje”.  Y todo esto en alpargatas de fique o descalzos.

Una gran inspiración y cálida persona sin la cual jamás hubiéramos podido encontrar o atrevernos a intentar algunas de las espectaculares vías por las que nos llevó con humildad y consideración. Con él escalamos gran cantidad de vías con
nombres casi impronunciables y con grados desde el IV hasta el IXa (en escala sajona).

Sobre mis escaladas, ¿Qué palabras puedo escribir? Nos perdimos por horas buscando alguna torre, discutiendo un poco y riendo sin parar. Trepé también con la imaginación, me sentí chirriquitico como nunca antes, punteé espectaculares
grietas totalmente a vista y sin conocer ni el nombre ni el desenlace posible, aprendiendo sobre la marcha la técnica de
proteger con nudos. Escalé chimeneas (improtegibles, eternas y truculentas) como nunca. Lo di todo “encadenando top-rope`s” de rutas muy dificiles que eran solo calentamiento para Karsten. Me picaron las avispas escalando al sol en una cara sur a 38 grados.

Comí platos y postres raros, pero muy ricos. Recordé a mis amigos y familia intensamente, me paré en cumbres de torres que me hacían sentir en la cima del mundo con una emoción tan fuerte que me arrancaba lagrimas desde el corazón.

Pero sobre todo aprendí mucho sobre la vida y sobre ese extraño oficio/placer llamado escalada.

Por: Sebastián Mejía

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