Huayhuash, sueño del blanco amanecer.

Son casi las siete de la noche, no logro dormir y en menos de cinco horas vamos a salir a escalar una gran montaña,
una colosal montaña. Recuerdo el momento en que planeamos esta expedición junto con Lucho, María Isabel, Alex Torres y Caro Tobón. Tuvimos mucho trabajo por delante para hacer realidad este sueño.

Poco a poco fue sucediendo. Conseguimos tiquetes de avión y algunos fondos para la logística de la expedición.
Un par de días en Huaraz para organizar los últimos detalles antes de partir y finalmente, luego de cinco horas por carretera estábamos en Pocpa negociando el precio de una decena de burros y un caballo crespo para transportar hasta el Campo Base de la Laguna Jahuacocha los trescientos kilos de material técnico y comida para seis personas durante catorce días.

Cinco horas de marcha desde Pocpa nos dejaban a puertas de un grupo de montañas gigantes resguardadas por un
glaciar de varios kilómetros cúbicos de laberintos de hielo quebrado que acumula sus aguas en las lagunas  subyacentes, primero en Solteracocha, luego más abajo en Jahuacocha.

De norte a sur el paisaje se coronaba con las monstruosas  caras oeste de los nevados Rondoy, Mituraju, los Jirishancas, el Yerúpaja chico, el Toro y finalmente imponente con sus 6.635 msnm el gran Yerúpaja, el segundo más alto de los Andes peruanos; frente a este coloso un poco más al oeste la larga cresta del Rasac cerraba una suerte de semicírculo de montañas, varias con cumbres por encima de los 6000 msnm.

Al siguiente día nos pusimos en marcha y casi tres horas de ascenso por una vertiginosa trocha y ochocientos metros
de paisajístico desnivel nos ubicaban en la morrena a los pies del glaciar oeste del Yerúpaja. Los gigantes que veíamos más gigantes, y ¡aún no veíamos las paredes completas!, necesitábamos una segunda impresión. Un par de porteos más nos instala en el campo I, mientras un par de carpas eran custodiadas en el campo base por nuestro cocinero Hilario.

Al siguiente día nos instalamos los cinco en el campo II, entre la cara oeste del Yerúpaja y la pared este del Rasác. A estás alturas, en el campo II, estábamos en el reino de las nubes, las nieves perpetuas y el silencio helado de las altas cumbres. Ahora estábamos suficientemente aclimatados para intentar nuestra primera cumbre en  Huayhuash.

Rasác. 6017 msnm

Suenan las alarmas y casi al instante estábamos derritiendo los primeros litros de nieve. Listos para salir a escalar.
Cuarenta minutos de marcha y rápidamente estábamos ascendiendo en dos cordadas un nevero de unos  cuatrocientos metros que conectaba con una franja de roca descompuesta y ligeramente vertical antes de la larga arista que lleva a la cumbre principal.

Algunas horas de travesía algo expuesta y aérea por la larga arista que mostraba sus helados colmillos a través de enormes grietas. Alcanzamos la cumbre e hicimos las fotos de rigor con un clima espectacular, despejado y con poco viento. Ahora podíamos ver a pleno la cordillera Huayhuash y soñar con sus verticales paredes, por unos instantes… debíamos despertar a la realidad del delicado descenso.

La jornada iniciada veinte horas atrás finaliza con un casco roto por la caída de un bloque y algunas magulladuras
más, pero todos a salvo y agotados dentro de las carpas del campo II. Huayhuash nos mostraba su verdadera dimensión. El día siguiente lo dedicamos a reponer fuerzas y a derretir nieve sin parar para lograr la cuota de hidratación que exige la vida en estas alturas.

Una extraña reacción alérgica se apodera de Caro y su cuerpo se cubre de salpullidos que le causan escozor. 24 horas
después una extraña tos y la notoria inflamación de los labios nos alertan de inmediato: ¡una reacción alérgica puede generar una obstrucción de la vía respiratoria! Sin dudarlo decidimos que Caro debe bajar de inmediato hacia el campo base y María se ofrece a acompañarla.

En pocos minutos estamos listos, yo les acompaño hasta el borde glaciar y ellas continúan el descenso. Rápidamente alcanzan el deposito del campo I y después de superar un percance que tuvo María con sus viejas botas logran
llegar el Base donde Hilario, que sorprendido por el aspecto de nuestra paciente, se apresura con los cuidados alimenticios necesarios para su recuperación.

Dos horas después de tomar el antihistamínico no hay rastro de la alergia ni de los síntomas, la situación está controlada y la lección aprendida.

“El blanco amanecer”

Regreso al campamento de altura para reunirme con Lucho y Alex y siento la pesadez de la incertidumbre, por un lado el hecho de la emergencia y por otro, el reto ante nosotros: la expuesta, helada y vertical pared oeste del Yerúpaja. Una pala colosal de 1200 metros de hielo y nieve cortada por innumerables franjas de grietas, con seracs del tamaño de un edificio que cuelgan amenazantes, y en la parte superior las famosas flautas andinas de nieve inestable que custodian celosamente el acceso a la arista somital, larga, expuesta, intimidante.

Una “pequeña” avalancha de nieve polvo barre la pared completa y nos despierta del letargo de la contemplación.
Salimos esa misma tarde a inspeccionar la base de la pared y la rimaya principal donde acordamos la logística del asalto. Regresamos a las carpas silenciosos, pensativos, intimidados, una montaña rusa de sensaciones nos sacude los pensamientos.

A las 11 de la noche suenan las alarmas. Nos alistamos y salimos siguiendo las huellas del día anterior. Cruzamos la rimaya principal y comenzamos la escalada por unos largos de un hielo duro que se cuartea cuando entran los tornillos. Es una noche de luna llena, esta despejada y clara, la temperatura desciende por debajo de 0º.

Escalamos tres largos, el frío hace mella y nuestro avance no es precisamente rápido. La incertidumbre de antes se
transforma en serias dudas aumentadas por el constante silbido de los amenazantes proyectiles de hielo y el doloroso
frío en los pies. Decidimos regresar de inmediato y a las 4:30 am estamos nuevamente en la seguridad de la carpa.

Fuimos, vimos y ante la duda y el frío decidimos regresar. La realidad supera lo imaginado en estas paredes pero el aprendizaje y la plenitud de lo vivido es lo que nos motiva a volver una y otra vez a este mundo helado de las altas cumbres donde el aire fino eleva los pensamientos y el espíritu.

No queda más que agradecer de manera especial a los que nos apoyaron en esta ocasión: El Roble Producciones, Vamonos pal’monte, LEAD, Nutrabiotics, Industrias Metálicas Peralta, Julbo, Buff, Sur company-Petzl y Boga Cortés y Triana.

 

Por Diego Cortés

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