LA TRILOGIA RITACUBA

Screenshot_1Había realizado en solitario la aproximación, sorteado algunas grietas bajo el cielo azul y ubicado una ruta de ascenso. Después de superar la rimaya y una pendiente no muy pronunciada de cerca de 60 grados ahora me encontraba asustado cinco metros
bajo la cumbre sobre hielo frágil. – Un paso a la vez, me dije.

Avancé con incertidumbre ganando metro a metro hasta que pude clavar mis piolets sobre las expuestas cornisas cimeras. Al llegar a la cumbre del Cerro Muela sentí la euforia de estar vivo en lo alto de la montaña. Días después me encontraba con Santiago Zuluaga en una precaria e inclinada repisa donde pasaríamos la noche. Nos anclamos a dos seguros en la roca y nos colgamos de los arneses con la tela de la carpa sobre nuestros cuerpos.

– No vuelvo a subir una montaña sin chicharrón, le dije a Santiago mientras masticaba los crujientes pedazos de piel de cerdo. – Bueno, pues le voy a poner una canción para esta ocasión, anunció Santiago. Y procedió a encender su teléfono. Repentinamente la música calentó el interior del habitáculo. Afuera nevaba y venteaba violentamente.

Después de emprender tantas expediciones juntos formábamos una cordada fuerte que
nos permitía soñar con las empresas más locas. Nuestro objetivo para esta ocasión era
realizar la travesía integral de todos los picos del cordón occidental de la Sierra Nevada
del Cocuy. Sería nuestro primer intento después de tres años de exploración y preparación.

Llevábamos dos días atravesando la arista que une las cumbres del Ritacuba Norte y el Ritacuba Negro y nos habíamos encontrado con un bonito trayecto, expuesto, con roca cubierta por nieve que habíamos recorrido inicialmente con los crampones para luego pasar a lidiar con roca suelta. La vista era impresionante: la vertiente oriental  con numerosos collados, paredes y lagunas y la vertiente occidental con grandes glaciares agrietados.

Ahora nos esperaba la cumbre del Ritacuba Negro para lo cual calzamos nuevamente nuestros crampones e ingresamos en un terreno dominado por pendientes de nieve. Subimos sin contratiempos. Por último continuamos por la arista hasta el Ritacuba Blanco y una vez en ella me sorprendió su longitud y exposición.

Una tormenta nos envolvió y tuvimos que acampar en una meseta de nieve. Para este  momento ya habíamos abandonado nuestro plan inicial y nos concentramos en terminar el recorrido por las aristas que unen las tres cimas, la llamada trilogía de los Ritacubas.
– Cuando les comentamos a los turistas que íbamos a acampar en la montaña, ellos nunca
se llegaron a imaginar esto, me dijo Santiago. – Yo tampoco, repliqué.

Poco después llegamos a la cumbre del Ritacuba Blanco, realizamos el descenso en medio de la niebla, y dimos por terminada nuestra aventura. No había pasado mucho tiempo cuando de nuevo me encontraba en la montaña.
– No le encuentro signos vitales, le comuniqué a sus dos amigos y a mis compañeros de rescate Jonathan y Germán.

Habíamos respondido al llamado de dos montañistas cuyo compañero se desplomó de  forma súbita y dejó de responder mientras realizaba la caminata de aproximación por el páramo. Algunas horas después, cuando descansábamos en el pueblo yo todavía tenía en la mente el rostro de la muerte y reflexionaba sobre los riesgos que conlleva la práctica de la escalada y el montañismo.
– ¿Seguimos escalando?, preguntó Jonathan.
– Sí, contesté inmediatamente.

Por: Julio Bermudez

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